22 ago. 2009

Una cena real en casa de Pere Martell con Jaime I el Conquistador



A principios del reinado de Jaime I el Conquistador, sus súbditos se dividían en dos grupos: los de edad avanzada no se resignaban a dejarse gobernar por un joven. Y los que estaban entusiasmados viendo que a pesar de su juventud, tenía un corazón guerrero y que se apresuraba a combatir contra los sarracenos,

El noble Tarraconense Pere Martell, le obsequió con una cena, con motivo de una visita que el monarca realizó a Tarragona, junto con todos los nobles de la corte.
Comiendo y bebiendo, los ánimos se alteraron desembocando en una fuerte discusión entre los que sentían admiración por su Rey y los que no querían que les gobernase. Tan intensa fue la discusión, que a punto estuvieron de llegar a las espadas, pero el rey les dijo:

Si tantas ganas tenéis de luchar, pronto declararé la guerra contra los Moros en Mallorca, que son los que mas cerca tenemos en estos momentos. Será mejor que utilicéis el valor y las armas luchando contra los enemigos y no entre vosotros, contra ellos podréis medir vuestras fuerzas.

Las palabras del Rey fueron muy bien acogidas por todos los que allí estaban reunidos en la mesa de Pere Martell, y ése mismo instante se decidió emprender la conquista de las islas, sin ni siquiera terminar de cenar.
Se comprometieron a terminarlo una vez hubieses conseguido expulsar a los moros de las Baleares.

Rápidamente se levantaron y a toques de trompeta llegaron con su gente al puerto de Salou, donde tenían sus naves y emprendieron rumbo a Mallorca.
Doce horas de navegación fueron suficientes para llegar a Sóller.

Los criados del noble Tarraconense guardaron las botellas de vino medio llenas y empaquetaron los manjares, esperando el momento en que se reanudara dicha cena.

Nunca se tocaron ya que se consideraban sagradas tanto por el Rey como por todos los caballeros.

Una vez fueron expulsados los moros mallorquines, de vuelta se sentaron en la misma mesa de Pere Martell y terminaron la cena, esta vez en paz y armonía, las gestas y victorias del joven monarca, habían cautivado para siempre a los caballeros antes descontentos.

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