4 jul. 2009

San Olegario y la playa del milagro en Tarragona


El nombre de una de nuestras playas procede de la palabra latina Miraculum, es decir, mirador, mirar, vigilancia contra los corsarios árabes. A causa del parecido que esta palabra mantiene con la palabra que significa milagro, la imaginación popular explica el por qué de este milagro de la siguiente forma:

Nos encontramos en el primer tercio del siglo XIII, un marinero desembarca en nuestra playa, una vez en tierra sube corriendo hacia la ciudad buscando al obispo Sant Oleguer (San Olegario), el cual durante esos años se dedicaba a reconstruirla ya que asumió también la cátedra de Tarragona cuando esta antiquísima sede fue liberada del yugo de los musulmanes.
Cuando llegó ante él, le entregó un mensaje sellado, diciéndole "Urge vuestra presencia venerable".Una vez leída la misteriosa carta, se obispo se cambia las viejas sandalias por unas nuevas, empuña el báculo i sigue resignado al anónimo mensajero que le hace de guía.

legando a la play el mar que estaba tranquilo hasta entonces, de repente se embravece, de tal manera que hace imposible el embarcar.

El obispo contrariado por la imprevista circunstancia, en un acto de ofuscación mental, maldice a la tempestad. El temporal como si lo hubiera oído y reconociera la virtud de la boca que le había maldecido, desapareció rapidamente dejando de nuevo el mar deliciosamente navegable.

El prodigioso retorno a la tranquilidad del mar, impresionó al Santo, completamente inmerso en su reflexión, el corriente lo arrastro sin apenas darse cuenta mar adentro hasta...Dios sabe donde.

La noticia del mensajero misterioso y del prodigo ocurrido en la playa, pronto se comentó en toda la ciudad. Las explicaciones eran múltiples, predominando la de la mala suerte y el recelo de una traición, retenía largas horas a los ciudadanos mirando al mar esperando el deseado retorno de la misteriosa nave.

Un día por fín apareció la añorada vela y el joven pueblo tarraconense, lleno de alegría bajó a la playa y con sincero afecto demostró el aprecio y la benevolencia hacia el venerable prelado.El obispo, a pesar de ello, estaba triste y avergonzado y la alegría de sus fieles le hacía llorar amargamente.

La tristeza y las lágrimas eran debidas a un gran remordimiento por haber maldecido, en ese mismo lugar, a un elemento respetable del Creador. Humildemente cree que su obligación es confesar públicamente su culpa e imponerse una justa penitencia.

Con voz temblorosa les dice: "Hijos míos, soy un gran pecador y no soy digno de vuestro amor, condené a un elemento del Señor y el arrepentimiento me lleva a encerrarme en una habitación hasta que el Señor me muestre una señal del perdón que le imploro.Y para reforzar su promesa, buscó una llave, la enseñó al pueblo y la tiró al mar, como si así quisiera enterrar su libertad en las profundidades del mar y acto seguido se fué a cumplir la penitencia.

Aún no había pasado las ruinas del antiguo anfiteatro y oyó los gritos de admiración de las gentes que se habían quedado en la playa diciendo: Milagro, Milagro!

El Santo se giró instintivamente y vio el prodigioso hecho, de como un pequeño pez de escamas resplandecientes, había salido del mar y desde la arena ofrecía la llave a su amo.

Inmediatamente Sant Oleguer construyó en ese lugar una capilla, la célebre iglesia de Nuestra Señora del Milagro, cuyas ruinas aún podemos admirar.

La tradición añade que siempre que la ciudad era víctima de alguna epidemia que asolaba a la población, todos los que se bañaran en las aguas de esta playa se curaban y sobrevivían.


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